Las palabras mágicas.

Joder, ya está bien de tantos lamentos, de tanta hipocresía, de tanto callar por el bien de los demás. Estoy aburrido de esperar mientras se me hace de noche y cambian la hora, y llega el otoño y yo no sé dónde voy a quedarme hasta que vuelva a salir el sol.

Nos necesitamos como las flores necesitan agua, como un calendario necesita el paso de los días, como un músico necesita escuchar la perfecta armonía.

Algunas veces me invitas a entrar en tu vida, en tus brazos, en tus piernas y tu boca; otras me dejas esperando en tu portal.

Algunas veces quieres verme amanecer, respiras conmigo, te meces con el viento que se cuela por el resquicio de la ventana; otras ni tan sólo puedes mirarme a los ojos.

El mundo es tan caótico que nos hemos vuelto espirales de sentimientos y contradicciones sin fin. No sabemos elegir bien, ni decidir, ni responder sin ofender, ni comprender, ni empatizar, ni beber sin acabar dando de bruces contra el suelo.

Somos exceso.

Somos pelo y carne y uñas.

Se llena la ciudad de lluvias torrenciales, libros digitales y alas de cera.

En las afueras sólo hay sangre y vertidos industriales.

Está todo volviéndose tan feo, difícil y raro que sólo quiero mirarte para poder salvarme.

A mí sólo dime las palabras mágicas esta vez, que no hace falta que te busque porque ya nos tenemos, que no hace falta que tiemble por las noches porque duermes conmigo, que me digas ahora me quedo.

Pronuncia las palabras mágicas, aunque sólo sea una vez, abre la puerta, dime te quiero.

 

 

 

Texto escrito para el blog de Krakens y Sirenas.

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Marineros y sirenas.

No quedan ni marineros de confianza ni sirenas que busquen derrotas en los bares.

No queda ni rastro de la magia ni de las brujas en el aire.

No quedan sueños de los que se pueden cumplir.

Ahora sólo somos carne de ansiedad y nos bebemos cualquier cosa con sal y limón.

Vamos buscando caminos que se cruzan sin saber dónde detenernos a tomar aire, sin saber distinguir cuál es nuestro sitio. Seguimos igual de perdidos que al principio de la historia.

Exploramos el mar y las olas, y esperamos los vientos fríos que nos llenen las alas, el corazón y las manos de esperanzas, que nos borren las telarañas que nos han mantenido inmóviles en cualquier esquina.

Siempre acabo viéndote dibujada en el horizonte, como una silueta inalcanzable que me espera sin dejar de avanzar, como la Isla del Tesoro. Y ahora me pasa como en esas pesadillas en las que te despiertas de las peores maneras cuando te das cuenta de que estás equivocado y la razón no está de tu parte, ni el destino. El azar y los astros vuelven a señalarme con el dedo mientras ríen entre dientes y su aullido se me clava en las entrañas.

Tanta calma, tanto cielo azul esperando el terremoto y la tormenta.

Tanto pecado esperando redención, tanto error sin corregir, tanto abismo abierto bajo nuestros pies.

Tanta gente esperando un mesías que está jugando al póker en su desierto de cristal.

Estamos siendo consumidos por la vorágine, por la destrucción, por el tiempo haciendo que nuestros huesos se conviertan en polvo.

Sólo quiero mar y silencio.

Y tus besos.

Y que alguna vez me digas la verdad.

 

Que se jodan.

Gente asfixiándose por mucho amor.

Países ardiendo de odio.

Nubes lloviendo barro en tus ventanas.

Personas cobrando en negro que se enfadan cuando ninguneas su patria.

Yo que sigo teniendo calor por las noches aunque no duermas conmigo.

Todo es un sinsentido.

Nos hemos vuelto gilipollas, o es que ahora tenemos demasiados medios para verlo sin dudar.

Expuestos en el ojo del huracán.

Ya no podemos escondernos ni pasar desapercibidos.

Todo el mundo lo sabe y tú sigues queriendo ocultarte en las sombras, pasar como si nada por la vida, deambular por las noches de puntillas con tal de no despertar a nadie.

No se puede.

No nos dejan.

O te rindes, o te rinden.

Sin más.

Envueltos en aire tóxico, humo de tubo de escape, luces de neón que parpadean y juegan con tu nombre y con tu mente.

Te van a señalar por no querer seguir el rumbo, por buscar alternativas, por correr cuando otros están parados, por mirar cuando los demás se tapan los ojos.

Espero que te pase como a mí, que cuando los otros señalan me da la risa.

Y entonces tienen miedo porque se dan cuenta de que ya no eres débil.

Has ganado y a ellos les crujen los dientes y las articulaciones mientras tú paseas libre sin necesidad de aplausos, ni de focos.

Algunas veces hay que plantarse y susurrar:

Que se jodan.

Y vivir, que al final es lo que la envidia no soporta.

Día de suerte.

Cuando crees que has ganado a tus demonios, te saluda la sombra en el espejo.

Y tienes que volver a empezar.

Como si las pequeñas victorias del día a día no sirvieran de nada, como si esos logros que nos llevamos a la cama se desvanecieran mientras hemos tenido la oportunidad de soñar el uno con el otro y encontrarnos en el limbo que permiten las nubes esponjosas de la nada. He vuelto a verte y he sentido ganas de abrazarte sin rencor, de poder mirarte a los ojos sabiendo que somos los mismos que se escribieron en un papel arrugado que estarían siempre el uno junto al otro. Todo porque tengo el recuerdo de tus manos en mi nuca atragantado sin que me deje apenas respirar, el deslizar de tus uñas sobre mi pelo, el movimiento de caderas sin compás por culpa de las ganas.

El día a día es una especie de guerra en la que morimos y salimos ilesos dependiendo de la hora.

Matamos y morimos a partes iguales.

Nos hieren y herimos, algunas veces a propósito, otras sin darnos cuenta, sin tener intención.

No caemos en la cuenta del poder de los gestos, las palabras, las miradas, y cuando lo analizamos todo siempre es tarde.

No llegamos a tiempo para las disculpas, ni para los besos desde el perdón, ni para los abrazos reconfortantes.

Es tan complicado poner a los demás por delante, tratar de cuidar por encima de nuestros sentimientos.

Es tan difícil proteger a quien más queremos sin hacer daño.

Vamos todos sangrando por el camino, dejando rastro, limpiándonos con páginas de libros antiguos, con sábanas deshechas, con trapos sucios de cocina.

Y ahora estoy sentando en el banco del parque mirando al cielo caprichoso de septiembre que juguetea con la luz, los pájaros y las hojas de los árboles. Estoy esperando que sea mi día de suerte y te sientes conmigo, y me cojas de la mano y lleguemos juntos a cruzar la meta.

Y caiga el telón y empiece nuestra obra favorita.

Sábanas.

Has vuelto a golpearte contra la pata de la cama con los pies descalzos, se ha roto tu taza favorita para desayunar, has perdido las llaves de casa, han vuelto a ponerte una multa en la ORA, sales en otra foto con los ojos cerrados.

Lo cierto es que las cosas nunca acaban sucediendo como esperamos, hasta lo más sencillo acaba dando vueltas de campana para volverse complicado.

Cometemos el error de buscar lo imposible y despreciar lo bueno que tenemos al alcance. Viviendo en la era del entretenimiento y la diversión instantánea parece demasiado pedir el saber esperar, el querer más allá de lo superficial, buscar algo que valga la pena de verdad, llegar a conocer en las distancias cortas. Ir más allá de las sonrisas tras los vasos y los guiños, y el roce de las manos bajo cualquier mesa que lo permita. Ahondar en los problemas y todas esas cosas que nos asustan de los demás.

Pero nunca hay tiempo.

Ni para nosotros mismos, ni para los demás.

Ni para dejarse la ropa interior puesta hasta la segunda o la tercera cita.

A mí me gusta ir poco a poco, buscar madera resistente, cavar un hoyo en el que enterrar los cimientos que aguanten el peso de todos nuestros miedos, hacerme heridas en las manos porque estoy intentando hacerlo bien, decir te quiero sólo cuando te miro a los ojos, resistir cada vez que sopla fuerte el viento y creo que vuelvo a perderme entre la inmensidad blanca a mis espaldas. Me dedico como si fuera un pájaro carpintero a construir mi pequeña cabaña, en la que hay sitio para los dos.

He tenido que decidir y cambiar muchas veces en la vida de canal, de zapatos, incluso de máscara. Y ahora, hace tiempo que sólo busco extender las alas, saltar y llegar tan lejos como pueda, y poder dormir tranquilo cuando se vaya el sol y vuelva a hablar con el espejo después de una ducha fría.

Y cuando toco las sábanas, esas en las que alguna vez te has quedado dormida, me doy cuenta de que sólo quiero un café contigo y los besos de siempre, ¿puede ser?

Pieles rotas.

Llega septiembre y sus días más cortos.

El caos se acopla de nuevo a una ciudad en calma, vuelven los coches y los niños al colegio. Se han deshecho ya los hielos del último vaso en las fiestas del pueblo, ahora flotan las banderas entre las casas mientras las moja la lluvia fresca que avisa de que llegará el otoño con más ganas que nunca.

Es ahora cuando tocará abrir el pecho y que caigan las flores muertas, las hojas secas, las pieles rotas.

Ahora que pase el viento entre las costillas para limpiarnos por dentro, que caigan los aguaceros mientras corremos contra el tiempo para cambiarlo todo. Hemos tardado mucho en cambiar las fichas del tablero, en ser reyes, reinas y alfiles jugando a los dados.

Ahora escucho el silencio a primera hora del día, cuando todavía empapado en sudor intento abrir los ojos mientras lucho contra el sueño que me atrapa.  Estoy todavía dando tumbos en la vida, golpeando muros con y sin vergüenza, tambaleándome por intentar bailar al ritmo que marcan otros.

No sé cómo somos capaces de sobrevivir a tanta mierda, ¿tú no ves a las moscas frotándose las patas?

Apenas hay paz interior pero veo tu silueta al otro lado de la calle, y me llena de calma.

El cielo se apaga hoy como se apagaron un día mis llamas, mis ganas.

El cielo se apaga y se llena de ausencias, de gritos sin voz.

Llega septiembre y sus días más cortos, y sus besos más largos, y sus abrazos más fuertes.

Llega septiembre y yo siempre llego contigo.

Historia breve de nuestros fracasos.

He ido recolectando en una botella de vidrio todos los errores cometidos, todos los fracasos que alcancé y ahora los tengo guardados, a modo de colección en la estantería que hay encima del televisor del salón para que cualquiera que entre a casa pueda verlos. Lo cierto es que ningún invitado hasta la fecha se ha acercado lo suficiente como para preguntarme qué hay dentro pero no sigue ningún orden ni concierto. Acumulo todo aquello que sólo con verlo me trae recuerdos, sean del tipo que sean. Hasta algunos que preferiría olvidar pero creo que merece la pena recordar, por la profundidad de las heridas que dejaron, por todo lo que supuso el naufragio que provocaron.

Un ticket de parking, una piedra pequeñita, una llave vieja y ya oxidada, la última página de un libro que no quise leer para que la historia no acabara, una servilleta con tu pintalabios marcado, un pendiente que perdiste y encontramos a los meses, una chapa de un botellín de cerveza que tomamos en Madrid, el set-list de un concierto de Vetusta Morla, la pulsera de aquel festival para olvidar, los billetes de avión a ninguna parte, el envoltorio de la mejor chocolatina que he probado en la vida, un chupete mordido, la entrada de Up, la tarjeta de visita de aquel psicólogo loco, una polaroid borrosa em la que salimos metidos en las fiestas de tu pueblo.

Ahora miro atrás y veo un fracaso tras otro, un traspiés, un tropiezo, una caída.

Y no sé cómo lo he hecho para levantarme siempre, para conseguir mirar al frente y mantener el paso, aunque no todo el tiempo sea firme, como la zancada del soldado en un desfile.

Supongo que la vida va de eso, de recomponerse siempre, pase lo que pase, porque nosotros seguimos mientras otros ya se han ido, y otros seguirán cuando nosotros nos vayamos.

Y parece que al final todos redactamos de un modo u otro, con letra, fotografías o canciones, la historia breve de nuestros fracasos.

Para no olvidar, pero sobre todo para no volver.

Texto escrito para Krakens y sirenas.